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EL ARTICULO DE LA SEMANA
DEL 15 AL 31 DE JULIO DEL 2008
Los
impredecibles caminos por donde transitan los libros y que no deben
perder de vista los libreros
Por: Jorge Alfonso Sierra Q.
Uno de los aspectos más apasionantes para todo investigador social, es
llegar a conocer algún día –con certeza
absoluta– a qué se deben los
impredecibles comportamientos de los seres humanos y, sobre todo, los
diferentes usos que van dando con el
transcurrir del tiempo a sus objetos cotidianos.
A los libros, por ejemplo.
Muchos los buscamos o poseemos como una forma de adquirir conocimientos,
o diversión, o para hacer más placentera y tierna la vida.
Otros como una posibilidad real de conversar con los seres más sabios que
han existido, que está siempre allí, al alcance de la mano.
Y también se hallan quienes los
adquieren como una herencia que se deja, o un compromiso que se cumple, sobre
todo frente a los hijos.
Después están las definiciones que les damos a los objetos. para seguir
con el libro, hay quien lo define como “la mejor herencia, junto con la
educación, que podemos dejar a nuestros descendientes”. Otros, como un objeto
de expresión del nivel cultural de quien lo posee. y no falta quien lo usa para
“impresionar” a las amistades.
Borges, el memorioso, tenía varias definiciones para los libros, pero
quizás la más bella sea cuando dijo que
“el paraíso seguramente era una
habitación llena de libros” y que éste era “una extensión de la imaginación”.
En cierta época de la historia los libros eran inversiones rentables, los
bancos los aceptaban como avales para sus préstamos y en los testamentos
aparecían como objetos de repartición, tanto o más apetecidos que los mismos bienes inmuebles o los
semovientes.
Con la aparición de la imprenta, la masificación logró también que su
valor pecuniario lo hiciera más accesible a las grandes mayorías, pero al mismo
tiempo su “valor” de inversión y de aval
fue disminuyendo hasta casi desaparecer. la pintura y la escultura ocuparon
entonces ese privilegiado lugar de inversión como objetos de arte.
Pero sucede que, otra vez, el libro puja por ubicarse en esos lugares en
los cuales pueda ser o es objeto de admiración, de culto, de inversión o de
colección, como las otras obras de arte.
Es lo que está sucediendo actualmente en el mundo de las subastas. Se
sabe, por supuesto, que un auténtico códice azteca o maya, o una tablilla
asiria, o un libro impreso del siglo xvi –cualquiera que éste sea– tiene un
valor incalculable. y que quien lo posea, con sólo venderlo, puede asegurar su
existencia sin sobresaltos por muchísimos años.
Pero sucede que no. lo que estamos viendo es que libros de hace apenas 80
años, o pertenecientes a primera ediciones de autores que hace poco
fallecieron, y hasta de autores vivos,
son buscados, ofrecidos y adquiridos por legiones de afiebrados bibliófilos en
todas partes del mundo.
En Madrid, España, se ha hecho popular un sitio que no es un sitio de
anticuarios, ni tampoco una librería de segunda, sino que se dedica con
religiosidad mensual a subastar libros. se llama ‘duran subastas” y hasta allá
llegan libreros, coleccionistas, jóvenes profesionales, cazadores de rarezas
bibliográficas y hasta “personajes virtuales”, es decir, quienes “pujan” por
medio del internet sin tener presencia física en el acto.
allí se subastan desde obras impresas en el 1.600 –que vaya uno a saber
qué inconfesadas necesidades o qué súbito desinterés llevaron al heredero a deshacerse de tamaña joya
bibliográfica– hasta libros de caza de España impresos en la “reciente” década
1940 - 1950.
Se ha podido comprobar por medio de este singular negocio, que los libros
son buscados y apetecidos por muy disímiles motivos: por su antigüedad, rareza, autor, temática, tirada escasa, grabados, papeles peculiares utilizados en su
confección, encuadernación, márgenes,
firmas, estado de conservación... y hasta las modas.
Así, no se sabe con certeza cuál podrá ser el valor exacto de una de
estas rarezas en un momento determinado, aunque los libreros de libros viejos y
las casas de subastas casi siempre logran imponer sus criterios en cuanto al
valor de cada una.
No hay ninguna duda de que un códice del siglo XIV o XV alcanza a valer unos tres millones de euros y una
primera edición del “romancero gitano” de García Lorca –de por allá del 1928–
llega sin afán a los 1.500 euros. Aunque otros casos se han visto: en varias
oportunidades se intentó infructuosamente
vender un libro impreso en el 1650. y eso que el precio base no llegaba
a los 15 mil euros.
Y ya que hablamos de libros con tan exacto perfil, hubiese sido ideal
definir de la misma forma a los locos entusiastas por ellos. Pero no. con
desilusión de frustrados detectives, no se ha logrado establecer un comprador
típico, es decir, que posea ciertas
características. los hay de todas las variedades: duchos libreros,
representantes de instituciones, jóvenes
estudiantes, bibliófilos aficionados y hasta modernos “yupis” que aspiran a
diversificar en los libros su portafolio de inversiones.
Y este es un dato que nos llama poderosamente la atención: que el coleccionismo de libros sea un buen
negocio para dos actores principalísimos del recorrido del libro, como son el
vendedor y el adquiriente.
En el caso que comentamos, hallamos que
el subastador ha visto que este negocio en relativo auge es muy bueno si se invierte bien y a largo plazo.
Y para los compradores, el hecho de que un libro que hace 30 años tenía
un costo equis y hoy en día se haya multiplicado por mil, es sin duda alguna
una buena inversión. Recordemos que en
esencia los libros –estén en el formato que estén- todavía tienen unos precios
razonables.
Habitualmente, una persona común y normal no puede comprar pinturas ni esculturas
originales de calidad. Libros, sí. Algunos poetas y tratadistas lo han dicho
con énfasis: coleccionar libros es la
forma más democrática de acceder al arte, pues sin lugar a dudas muchos libros
son verdaderas obras de arte.
Esperamos, eso sí, que esta condición de objeta de inversión o de culto
que aquí percibimos adquiere el libro, no escandalice a los sacralizadotes de
este medio cultural.
Al final existe una hermosa moraleja, motivadora por
demás para los libreros. Sucede que hasta hoy pensamos que el libro, una vez
ubicado en la librería, era una inversión perecedera. si pasaban
varios meses –o años– y el libro no se
vendía, era iluso asumir que el inventario total tenía un valor monetario real.
Para establecer el precio de una librería se intentaba hablar de otras
cosas: el know-how del librero, el prestigio de la librería, el sitio, etc.,
nada de los inventarios.
pero vea usted que no: “duran subastas” nos muestra que quizás muchos
libreros en América latina tienen verdaderas joyas, reliquias que valdrán un
“potosí”. Solo será cuestión de esperar al comprador preciso. o agenciárselas
para llegar hasta él.
Y que no tema a los que, sin razones valederas, le critiquen el que asuma
ahora a los libros como una buena inversión, pues ya lo dijo Albert Camus: “El secreto de la felicidad consiste en
resignarse a todas las catástrofes”.
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